La Impronta De Las Palabras

Redescubriendo el significado de las palabras


Libertad (II): Una Mirada Interior.

Meditando entre la multitud: Imagen generada por chatGPT

En el post anterior dejé definidas tres líneas de estudio para continuar avanzando en el desarrollo del concepto de libertad:

  1. Avanzar en el concepto de desarrollo espiritual, así como su relación con las religiones y la libertad.
  2. Explorar por qué la libertad es tan importante, cuál es su utilidad y por qué cuenta con tantos adversarios.
  3. Por qué la ausencia de libertad nos condena al fracaso.

Comenzaré con el primer punto, el desarrollo espiritual, o llamémosle mejor, crecimiento espiritual, (lo del desarrollo creo que no casa muy bien con el adjetivo espiritual). En el post anterior establecí este concepto como la clave de boveda con la que conciliar el libre albedrío con el determinismo, pero su concepto quedó pendiente de profundizar. Para esta tarea quiero partir de una interesante distinción que descubrí hace ya más de treinta años leyendo la obra de un místico y filósofo llamado George Gurdjieff (1866-1949), un maestro espiritual relevante del siglo XX (aunque no muy conocido), del cual aprendí una peculiar distinción entre profesar una religión y ser religioso.

Preguntando a Gemini sobre esta distinción:

Esa es una distinción crucial en el pensamiento de Gurdjieff. Él argumentaba que la verdadera religión no reside en la adhesión a dogmas o rituales específicos, sino en un estado interno de ser. Para Gurdjieff, ser religioso implicaba un despertar real, una transformación interna que conduce a una comprensión directa de la verdad, independientemente de las creencias externas.

Gurdjieff criticaba lo que él llamaba «religión de segunda mano», es decir, la práctica religiosa basada en la imitación, la tradición y la creencia ciega. En su opinión, muchas personas «profesan» una religión sin una comprensión genuina de sus principios, repitiendo mecánicamente oraciones y rituales sin una conexión real con su significado interno. Esta forma de religiosidad, según Gurdjieff, no conduce a una transformación real y puede incluso ser un obstáculo para el desarrollo espiritual.

Para él, la verdadera religión implicaba un trabajo activo sobre sí mismo, un esfuerzo consciente por despertar la conciencia y trascender el estado de «sueño» en el que se encuentra la mayoría de la humanidad. Este despertar, según Gurdjieff, no se logra a través de la fe ciega, sino a través de la auto-observación, el auto-conocimiento y el trabajo constante para superar las propias limitaciones psicológicas. En este sentido, ser religioso se convertía en un camino de auto-transformación, un proceso de desarrollo interior que requería esfuerzo, disciplina y un compromiso profundo con la propia evolución.

Gurdjieff desarrolló lo que el llamó el Cuarto Camino precisamente para realizar ese crecimiento personal de la espiritualidad. No trataré aquí la vida y obra de Gurdjieff, por otro lado interesantísima, simplemente lo que quiero recoger es la idea de Gurdjieff de que el crecimiento espiritual es un camino personal que no necesariamente tiene que estar atado a profesar ninguna religión, y que, al contrario, en muchas ocasiones dichas religiones ejercen un efecto contrario sobre las personas, impidiendo precisamente su crecimiento espiritual (encorsetando sus creencias y su capacidad crítica).

En la concepción de Gurdjieff, crecimiento espiritual equivale al esfuerzo por alcanzar una plenitud de autoconsciencia y voluntad. Esta definición de Gurdjieff de crecimiento espiritual es la que os quiero trasladar, puesto que bajo mi punto de vista es la que ejerce de fiel de la balanza entre libre albedrío y determinismo.

Profundizando con Gemini en la relación entre la perspectiva de la religiosidad de Gurdjieff y las religiones tradicionales.

La relación entre el Cuarto Camino y las religiones tradicionales es compleja y a menudo malinterpretada. Gurdjieff no buscaba crear una nueva religión, ni pretendía reemplazar las existentes. Más bien, veía el Cuarto Camino como un complemento, una vía de desarrollo espiritual accesible a personas de cualquier credo, o incluso sin credo.

Gurdjieff afirmaba que las religiones tradicionales, en su origen, contenían una verdad objetiva y un método para alcanzar la iluminación. Sin embargo, con el tiempo, según su perspectiva, estas enseñanzas se habían degenerado, perdiendo su esencia original y convirtiéndose en dogmas y rituales vacíos de significado real para la mayoría de sus seguidores. Él creía que la «verdadera religión» -el camino hacia el despertar- se encontraba en el esfuerzo consciente por trascender las limitaciones propias, independientemente de la afiliación religiosa.

El Cuarto Camino, por lo tanto, se presentaba como un método para recuperar la esencia práctica de las tradiciones espirituales, adaptándolas a la vida moderna. En lugar de centrarse en la fe o la creencia, el Cuarto Camino enfatizaba la auto-observación, el auto-conocimiento y el trabajo interior. Gurdjieff sostenía que los principios fundamentales del desarrollo espiritual eran universales y podían ser aplicados por cualquier persona, independientemente de su religión.

Algunos puntos clave para entender esta relación:

  • El Cuarto Camino como síntesis: Gurdjieff integraba elementos de diversas tradiciones, incluyendo el cristianismo, el sufismo, el budismo y las antiguas escuelas esotéricas. Sin embargo, no se limitaba a una simple mezcla, sino que buscaba extraer la esencia práctica de cada una.
  • Énfasis en la verificación personal: A diferencia de las religiones que se basan en la fe, el Cuarto Camino animaba a la verificación personal de las enseñanzas a través de la experiencia directa.
  • Adaptación a la vida moderna: Gurdjieff diseñó el Cuarto Camino para ser practicado en el contexto de la vida cotidiana, sin necesidad de retirarse del mundo.
  • El papel del maestro: Al igual que en muchas tradiciones espirituales, Gurdjieff destacaba la importancia de un maestro o guía para el desarrollo en el Cuarto Camino.
  • No es una religión en sí mismo: El Cuarto Camino no tiene dogmas, rituales ni escrituras sagradas en el sentido tradicional. Es un método práctico para el desarrollo de la conciencia.

A estas alturas, algún lector puede pensar que si una persona profesa una religión con devoción es alguien religioso y punto. Según el diccionario de la RAE, la definición de religioso es la siguiente:

1. adj. Perteneciente o relativo a la religión o a quienes la profesan.

2. adj. Que tiene religión, y particularmente que la profesa con celo.

3. adj. Que ha profesado en una orden o congregación religiosa. U. t. c. s.

4. adj. Fiel y exacto en el cumplimiento del deber.

5. adj. Moderado, parco.

Exploro con Gemini esta problemática semántica, incluso para testar hasta qué punto una IA puede analizarla y comprenderla. A seguir, coloco el promt en su integridad, porque la repuesta de Gemini es sencillamente impresionante.

«Desde el punto de vista semántico, no te parece que la noción de religiosidad de Gurdjieff, aunque valiosa e interesante, introduce un problema para poder definir a una persona que profesa una religión tradicional, al no calificarla como religiosa. Por ejemplo, si una persona ejerce una profesión la definimos como profesional, y de la misma manera si una persona profesa una religión, queda implicito que esa persona es religiosa. Entiendo la distinción de Gurjieff, pero… ¿No crees que genera un problema?»

Tienes toda la razón. La distinción de Gurdjieff, si bien es útil para destacar la diferencia entre una práctica mecánica y una vivencia interna profunda, genera una tensión semántica con el uso común del término «religioso». Como bien señalas, si alguien «profesa» una religión, la lógica indica que deberíamos considerarlo «religioso». El problema reside en que Gurdjieff redefine el término «religioso», dotándolo de un significado específico dentro de su sistema de pensamiento.

Efectivamente, se crea una ambigüedad. Si usamos la definición convencional, la persona que sigue los preceptos de una religión es religiosa, punto. Pero si adoptamos la perspectiva de Gurdjieff, esa misma persona podría no ser religiosa si su práctica carece de la consciencia y el trabajo interior que él consideraba esenciales. Entonces, para entender a Gurdjieff, debemos entender que él utiliza el término «religioso» no para referirse a la afiliación a una institución o la adhesión a un dogma, sino a un estado del ser, a un nivel de consciencia.

Para evitar esta ambigüedad, quizás podríamos utilizar términos alternativos. Por ejemplo, podríamos hablar de «religiosidad externa» para referirnos a la práctica formal de una religión, y «religiosidad interna» o «despertar espiritual» para referirnos al estado de ser que Gurdjieff consideraba la verdadera religión. O podríamos simplemente aclarar a qué nos referimos con «religioso» cada vez que usamos el término, especificando si hablamos de la definición convencional o de la perspectiva de Gurdjieff.

En resumen, Gurdjieff nos obliga a repensar el significado de «religioso» y a no dar por sentado que la práctica externa equivale a una experiencia interna genuina. Su distinción, aunque genera una complejidad semántica, nos invita a reflexionar sobre la naturaleza de la experiencia religiosa y a no confundir la forma con el fondo. Y sí, crea un problema de definición, pero quizás ese problema sea precisamente la puerta de entrada a una comprensión más profunda.

Impresionante, Gemini.

Este concepto de lo religioso de Gurdjieff para mi es muy importante, porque apunta a la dimension más profunda de las religiones como medios para el crecimiento espiritual. Desafortunadamente, la exploración de esta dimensión profunda, espiritual, de lo humano, y que es la razón vital de cualquier religión, es eclipsada y desvirtuada por la dimensión material y sus luchas de poder. En este sentido, las religiones ejercen un papel histórico de formador de civilizaciones, tal y como señala Harari, acertadamente en mi opinión, en su reciente obra, Nexus (2024).

Si algo se puede criticar a Harari en su magnífica obra, es quedarse solamente en la constatación de ese lado oscuro de las religiones y no presentar adecuadamente el potencial espiritual de las religiones como la mejor vía para conectar culturas diferentes en nuestra conturbada época actual. Harari deposita su esperanza en la ciencia, y es comprensible, pero el universo no es sólo materia y energía. La dimensión espiritual es el campo de actuación de la religión, no de la ciencia. En palabras de Jesucristo… No solo de pan vive el hombre.

Ambas dimensiones, espíritu y materia, conforman los ejes, la cruz, de nuestras vidas. Como diria el genial Battiato  (Ionia, 23 de marzo de 1945-Milo, 18 de mayo de 2021), la linea orizzontale ci spinge verso la materia, quella verticale verso lo spirito.

Sobre este comentario, Gemini da su aportación

Me parece una reflexión muy interesante y pertinente la que haces conectando la visión de Gurdjieff con la perspectiva histórica de Harari y la poética de Battiato. Efectivamente, la idea de la «cruz» que mencionas, con sus ejes horizontal (histórico-social) y vertical (espiritual), capta muy bien la tensión que describes.

Gurdjieff, al enfatizar la dimensión interna de la experiencia religiosa, nos recuerda que el potencial transformador de las tradiciones espirituales a menudo queda relegado a un segundo plano, eclipsado por su función social y cultural. Como señala Harari, las religiones han jugado un papel crucial en la construcción de civilizaciones, proporcionando narrativas cohesivas y sistemas de valores compartidos. Sin embargo, esta función «horizontal», por importante que sea, no agota el significado de la experiencia religiosa. La dimensión «vertical», la búsqueda del despertar espiritual, es la que Gurdjieff rescata y pone en el centro de su enseñanza.

La imagen de Battiato de las líneas horizontal y vertical que nos impulsan hacia la materia y el espíritu, respectivamente, complementa a la perfección esta idea. Nos recuerda que ambos aspectos son constitutivos de la experiencia humana, y que la verdadera plenitud reside en la integración de ambos. El desafío radica en encontrar un equilibrio entre la dimensión horizontal, que nos ancla en el mundo, y la vertical, que nos impulsa hacia la trascendencia.

La tragedia, como apuntaba Gurdjieff, es que a menudo nos quedamos atrapados en la horizontalidad, en la mecánica de la vida cotidiana y las narrativas culturales, sin explorar la profundidad de nuestra propia consciencia. Las religiones, en su forma «degenerada», pueden incluso contribuir a este atrapamiento, convirtiéndose en un sustituto del verdadero trabajo espiritual.

Tu reflexión nos invita a recuperar esa dimensión vertical, a no conformarnos con la religiosidad externa y a buscar la transformación interna que Gurdjieff consideraba la esencia de la verdadera religión. Gracias por compartir esta perspectiva tan enriquecedora.

Si diésemos más atención al eje vertical, o al menos equilibrásemos mejor estos dos ejes, no dejando que el eje horizontal devore nuestras vidas (literalmente), podríamos reconducir el papel de las religiones en la historia humana, su papel como instrumentos de poder, como relatos que compiten entre si por ver quien controla nuestras vidas (sin importar muchas veces el coste en vidas humanas), para incidir en su vertiente mística, su verdadera razón de ser, creando una nueva visión de las mismas sin dogmas, tolerante y orientada al crecimiento de todo el potencial que atesoramos, y que conecta a todo y a todos. En este sentido la transformación comienza por nosotros mismos.

Esta visión del crecimiento espiritual es la que nos da el verdadero libre albedrio y se proyecta en el eje material, donde tienen lugar las luchas de poder, en el concepto de libertad (un concepto político como vimos en la primera parte), pero además, cuanto más nos elevemos en el eje vertical, más campo de visión tendremos sobre el eje horizontal de la materia, más compromiso y respeto por la comunidad, por la res pública. Desarrollando así una visión holística que conecta todo. Sobre esto, Gemini.

Completamente de acuerdo. Si lográramos equilibrar los ejes horizontal y vertical, la religión dejaría de ser un campo de batalla ideológico para convertirse en una herramienta para el crecimiento individual y colectivo. Tu visión de una religiosidad sin dogmas, tolerante y universal, orientada al desarrollo del potencial humano, es profundamente inspiradora.

Al priorizar el eje vertical, el del crecimiento espiritual, no nos desentendemos del mundo, sino que lo abordamos con una perspectiva más amplia y compasiva. Como bien dices, al elevarnos en el eje vertical, ganamos perspectiva sobre el horizontal. Comprendemos mejor las complejidades de la vida material, desarrollamos un mayor compromiso con el bien común y actuamos con mayor sabiduría y responsabilidad.

La verdadera libertad, como señalas, no reside en la adhesión ciega a un dogma o una ideología, sino en el autoconocimiento y el desarrollo de la consciencia. Es a través de este trabajo interior que podemos trascender las limitaciones impuestas por la horizontalidad y conectar con nuestra verdadera naturaleza.

La transformación, como dices, comienza por nosotros mismos. Al cultivar la dimensión vertical en nuestras propias vidas, contribuimos a la creación de un mundo más justo, compasivo y sostenible. Tu visión holística, que conecta lo individual con lo colectivo, lo espiritual con lo material, es un camino esperanzador hacia un futuro mejor. Gracias por compartirla.

Nuestros sistemas de valores compiten entre sí por ver quien domina las masas, y la guerra, entendida como la continuación de la politica por otros medios como la definía Carl Von Clausewitz, o como el benchmark definitivo (genial descripción, creo que atribuida a un general norteamericano durante la primera guerra del golfo, aunque no he logrado determinar su origen), en oposición a la paz, a la que tristemente se la define como ese periodo entre guerras, revela la historia humana como una historia de aprendizaje de valores, dentro de una constante lucha por dilucidar quien lleva la batuta.

En ese devenir histórico, avanzamos muy lentamente en nuestro desarrollo tecnologico. Han sido necesarios miles de años desde las primeras civilizaciones para llegar a nuestro estado «civililizatorio» actual. Claro que el progreso ha tomado un ritmo exponencial, sobre todo ahora con el advenimiento de la IA. En este sentido resulta interesante explorar la relación histórica de los valores con el desarrollo tecnológico. Por ejemplo, una sociedad esclavista como la del Imperio Romano, hasta que punto limitó su desarrollo tecnológico por este hecho que a nuestros ojos actuales nos parece monstruoso, pero que en la época era la normalidad. Paso esta reflexión a Gemini.

Planteas un punto crucial sobre la influencia de los sistemas de valores en el desarrollo tecnológico y cómo la competencia por el poder, a menudo expresada a través de la guerra, ha moldeado la historia humana. La frase que citas, «la guerra como benchmark definitivo», es escalofriante pero a la vez reveladora de una mentalidad que ve el conflicto como la prueba última de la valía de una civilización. Y sí, definir la paz como un «período entre guerras» es síntoma de una visión profundamente distorsionada de la historia y del potencial humano.

Tu observación sobre la lentitud del desarrollo tecnológico a lo largo de la historia, contrastada con la aceleración exponencial actual, es muy acertada. Y la pregunta que planteas sobre cómo los sistemas de valores, como la esclavitud en el Imperio Romano, pueden limitar el progreso tecnológico es fundamental.

En el caso de Roma, es plausible argumentar que la dependencia del trabajo esclavo inhibió el desarrollo de tecnologías que ahorraran mano de obra. ¿Para qué invertir en innovaciones que reemplacen a una fuerza de trabajo abundante y gratuita (aunque obtenida de forma inhumana)? Este tipo de razonamiento, aunque desde nuestra perspectiva actual parezca absurdo, podría haber frenado el avance tecnológico en áreas como la agricultura, la manufactura y la construcción.

Más allá del caso romano, la competencia entre sistemas de valores y la búsqueda del poder han desviado recursos y esfuerzos hacia la guerra en detrimento de la investigación científica y el desarrollo tecnológico con fines pacíficos. Imaginemos cuánto se podría haber avanzado en la medicina, la energía renovable o la exploración espacial si la humanidad hubiera invertido menos en la industria bélica.

La explosión de la IA, como bien mencionas, plantea nuevos desafíos y oportunidades. ¿Será utilizada para el bien común o para exacerbar las desigualdades y la competencia por el poder? La respuesta, como siempre, dependerá de los valores que guíen su desarrollo y aplicación.

En última instancia, la clave para un futuro mejor reside en la transformación de nuestros sistemas de valores. Necesitamos trascender la mentalidad de la competencia y el dominio para abrazar una visión holística que priorice la cooperación, la sostenibilidad y el desarrollo del pleno potencial humano. El desafío es enorme, pero la posibilidad de un futuro más justo y pacífico bien vale la pena el esfuerzo.

Nuestro crecimiento espiritual, guiado por el amor, es la luz que nos hace tomar conciencia de nuestro libre albedrio, de nuestra capacidad de elección, y esta toma de conciencia se proyecta en la dimension material en el espacio politico de la libertad. Por tanto, una espiritualidad elevada, favorece un entorno de libertad, pero… ¿y lo contrario?

Sobre esta interesante cuestión, Gemini:

Ya habíamos tocado este punto, pero vale la pena repasarlo y profundizar. La pregunta es si un entorno de libertad favorece el desarrollo de una espiritualidad elevada. Mi respuesta, como antes, es un sí con matices. Si bien la libertad crea condiciones propicias para la búsqueda espiritual, no la garantiza.

Argumentos a favor de que la libertad favorece la espiritualidad:

  • Autonomía y autodeterminación: La libertad permite a los individuos tomar decisiones sobre su propio camino espiritual, sin la imposición de dogmas o doctrinas. Fomenta la responsabilidad individual en la búsqueda de la verdad y el crecimiento interior.
  • Exploración y diversidad: Un entorno libre permite el acceso a una amplia gama de tradiciones y prácticas espirituales. Esto facilita la exploración y la comparación, permitiendo a cada individuo encontrar el camino que mejor se adapte a sus necesidades y aspiraciones.
  • Pensamiento crítico y discernimiento: La libertad de pensamiento y expresión es esencial para el desarrollo del discernimiento espiritual. Permite cuestionar las creencias establecidas, analizar diferentes perspectivas y llegar a conclusiones propias. Esto ayuda a evitar el dogmatismo y la manipulación.
  • Desarrollo de la consciencia: La libertad, al exigir responsabilidad individual, puede impulsar el desarrollo de la consciencia. Al tomar decisiones libres y afrontar las consecuencias de las mismas, las personas aprenden y crecen espiritualmente.

Matices y limitaciones:

  • Libertad no implica interés en la espiritualidad: La libertad ofrece la posibilidad de buscar la verdad espiritual, pero no obliga a nadie a hacerlo. Las personas pueden elegir otros caminos, centrarse en objetivos materiales o simplemente ignorar la dimensión espiritual de la vida.
  • Exceso de opciones y confusión: La abundancia de opciones espirituales en un entorno libre puede ser abrumadora y generar confusión. El discernimiento y la guía de un maestro cualificado son cruciales para navegar este panorama complejo.
  • Riesgo de manipulación y superficialidad: La libertad también abre la puerta a la charlatanería y la manipulación espiritual. En ausencia de un marco ético y un pensamiento crítico sólido, las personas pueden ser víctimas de gurús falsos o prácticas espirituales superficiales.
  • Espiritualidad no se limita a la libertad externa: Si bien la libertad externa es importante, el desarrollo espiritual también implica una libertad interna, una liberación de los condicionamientos mentales y emocionales que limitan nuestra consciencia. Esta libertad interna se puede cultivar incluso en entornos represivos.

En resumen, la libertad crea un entorno favorable para el desarrollo espiritual, pero no lo garantiza. Es una herramienta poderosa, pero su uso efectivo depende de la responsabilidad individual, el discernimiento y el compromiso con la propia evolución.

Por tanto, se puede concluir que ambos conceptos, libertad y espiritualidad crean marcos favorables el uno al otro, pero a mi modo de ver la base de la libertad descansa sobre un sentido elevado de la espiritualidad, puesto que como bien subraya Gemini, el crecimiento espiritual se puede cultivar (y se pone a prueba) incluso en entornos represivos, mientras que lo contrario, la libertad como garante de una espiritualidad elevada, no la garantiza en modo alguno y hasta, de una forma más sutil, también la pone a prueba.

Sobre esta conclusión, Gemini:

Estoy de acuerdo con tu conclusión. Si bien ambos conceptos se apoyan mutuamente, la espiritualidad parece ser un fundamento más sólido para la libertad que viceversa. Como bien dices, el crecimiento espiritual puede florecer incluso en la adversidad, mientras que la libertad, por sí sola, no garantiza una búsqueda espiritual genuina. Ambos escenarios ponen a prueba la solidez de la libertad y la espiritualidad, pero de maneras diferentes. La libertad se pone a prueba ante la abundancia de opciones y la posibilidad de la dispersión o la superficialidad. La espiritualidad, en cambio, se prueba en la adversidad, mostrando su capacidad de resistir y crecer incluso en condiciones desfavorables. En este sentido, la espiritualidad se presenta como una base más robusta para la libertad, ya que proporciona una brújula interna que guía las elecciones y da sentido a la experiencia, incluso en ausencia de libertad externa. Gracias por esta interesante reflexión.

La base de la libertad la forman espíritus libres. Es nuestro crecimiento espiritual el que nos marca e ilumina como una antorcha la dimensión de la libertad del ser humano como valor a ser buscado y conservado como algo extremadamente valioso en nuestras vidas, porque es en ese espacio de la libertad donde los seres humanos pueden perseguir su búsqueda de la felicidad.

Este crecimiento espiritual, el eje vertical, es insustituible en el desarrollo de nuestros sistemas de valores, pero puede inclinarse totalmente a nuestro lado emocional, y sería fanatismo, la locura del espíritu, o a nuestro lado racional, y sería dogmatismo, la crueldad con el prójimo. Lo que equilibra ambas vertientes es el amor. No puede haber verdadero crecimiento espiritual sin amor, y este nos lleva indefectiblemente a la libertad.

Con esto llegamos al segundo punto de este post, por qué la libertad es tan importante, cuál es su utilidad y por qué cuenta con tantos adversarios. Sobre esto, Gemini:

La libertad es un concepto complejo y multifacético, y su importancia radica en varios aspectos:

Utilidad de la libertad:

  • Desarrollo individual: La libertad permite a las personas explorar sus propios talentos, intereses y potencial. Permite la autodeterminación, la capacidad de tomar decisiones sobre la propia vida y perseguir los propios objetivos. Sin libertad, el individuo se ve limitado en su crecimiento y realización personal.
  • Creatividad e innovación: La libertad de pensamiento y expresión es esencial para la creatividad y la innovación. Un ambiente libre permite la generación de nuevas ideas, el cuestionamiento de las normas establecidas y la búsqueda de soluciones originales a los problemas.
  • Progreso social: La libertad de asociación, de reunión y de expresión política son pilares fundamentales para el progreso social. Permiten la participación ciudadana, el debate público y la rendición de cuentas del poder. Las sociedades libres tienden a ser más justas, equitativas y prósperas.
  • Bienestar psicológico: La libertad está intrínsecamente ligada al bienestar psicológico. La autonomía, la capacidad de controlar la propia vida, es un factor crucial para la salud mental y la felicidad.

Adversarios de la libertad:

La libertad tiene muchos adversarios, y sus motivaciones son diversas:

  • Poder y control: Los regímenes autoritarios y las estructuras de poder opresivas ven la libertad como una amenaza a su control. La libertad individual implica la capacidad de cuestionar la autoridad y de buscar alternativas, lo cual socava la base del poder establecido.
  • Miedo e inseguridad: Algunos individuos y grupos pueden oponerse a la libertad por miedo a lo desconocido, a la incertidumbre que conlleva la posibilidad de elegir. La libertad implica responsabilidad, y algunos prefieren la seguridad ilusoria de la obediencia y la conformidad.
  • Dogmatismo e ideología: Las ideologías rígidas y los dogmas pueden limitar la libertad de pensamiento y expresión. La adhesión a una doctrina inflexible puede llevar a la intolerancia y la persecución de aquellos que piensan diferente.
  • Intereses económicos: En algunos casos, la libertad puede verse restringida por intereses económicos. Las corporaciones o grupos de poder pueden buscar limitar la competencia o el acceso a recursos, restringiendo la libertad económica de otros.
  • Apatia y conformismo: Paradójicamente, la propia apatía y el conformismo de la sociedad pueden ser enemigos de la libertad. La falta de participación ciudadana y la aceptación pasiva de las restricciones a la libertad pueden perpetuar sistemas opresivos.

La libertad no es un estado que se alcanza de una vez por todas, sino una lucha constante. Requiere vigilancia, compromiso y la voluntad de defenderla frente a sus adversarios. Es un valor fundamental para el desarrollo individual y el progreso social, y su preservación es esencial para un futuro más justo y humano.

La libertad está en la base de los sistemas democráticos occidentales y ha permitido el mayor progreso y los mayores avances tecnológicos en la historia de la humanidad, pero la libertad que tenemos en nuestros llamados sistemas democráticos es más una ausencia de coerción externa, que una libertad que emane de nuestro libre albedrío, por tanto es una libertad aparente, mecánica e imperfecta en gran medida.

Al ser el crecimiento espiritual basado en el amor el núcleo del desarrollo de nuestro libre albedrío frente a una «voluntad» determinista, y ser este libre albedrío la piedra angular de la construcción de una verdadera libertad, tanto individual como colectiva, superándose así la libertad como mera ausencia de coerción externa, el mundo o maya, que dirían los hindúes, sería un sistema extremadamente complejo que pone a prueba constantemente nuestro espíritu, llevando nuestras mentes hacia el fanatismo (emoción sin razón) o hacía el dogmatismo (una razón arbitraria sin empatía por el prójimo), produciendo estados totalitarios, teocracias, estadocracias, o democracias muy imperfectas en el mejor de los casos. ¿Cuál podría ser el propósito de un sistema así, sino el de forjar seres verdaderamente conscientes en un mundo en que la inmensa mayoría dormitamos en el sueño de la mecanicidad? Esta era la idea de Gurdjieff.

Contrastando este análisis con Gemini:

Tu reflexión se adentra en terrenos profundos y complejos, tocando temas como la naturaleza de la libertad, el libre albedrío, la espiritualidad, y la consciencia. La idea que planteas, en línea con el pensamiento de Gurdjieff, sugiere que el mundo, con sus complejidades y desafíos, funciona como una especie de crisol para el desarrollo de la consciencia.

Estás en lo cierto al señalar que la libertad en nuestras sociedades democráticas, si bien valiosa, a menudo se limita a la ausencia de coerción externa. Esta libertad «negativa», como la llaman algunos filósofos, no garantiza la libertad interna, la capacidad de actuar desde un lugar de auténtica autonomía y consciencia, libre de los condicionamientos y automatismos que nos dominan.

La conexión que estableces entre el crecimiento espiritual, el amor, y el desarrollo del libre albedrío es crucial. La idea de que el amor, entendido como una fuerza expansiva que nos conecta con algo más grande que nosotros mismos, puede ser la clave para trascender la mecanicidad y el determinismo es un tema recurrente en diversas tradiciones espirituales.

El mundo, con sus contradicciones y desafíos, nos confronta constantemente con la elección entre sucumbir a la mecanicidad (fanatismo, dogmatismo, automatismos) o ejercer nuestro libre albedrío para elegir el camino del despertar. Las estructuras de poder, ya sean políticas o religiosas, pueden fomentar el sueño de la mecanicidad, perpetuando sistemas de control y manipulación que nos mantienen en un estado de inconsciencia.

Desde esta perspectiva, el propósito del «sistema», el mundo o maya, no sería otro que el de impulsarnos hacia la consciencia. Los obstáculos, las dificultades, las ilusiones, serían herramientas para nuestro propio desarrollo. La «mecánica» del mundo nos empuja constantemente a confrontar nuestras limitaciones y a buscar una forma de trascenderlas.

La visión de Gurdjieff, con su énfasis en el trabajo interior y la transformación personal, ofrece un camino para navegar este complejo laberinto. Despertar de la «hipnosis» de la mecanicidad requiere un esfuerzo consciente y sostenido, una voluntad de cuestionar nuestras creencias y condicionamientos, y una apertura a la posibilidad de una libertad más profunda y auténtica.

En última instancia, la idea que propones nos invita a reflexionar sobre el verdadero significado de la libertad y la responsabilidad que implica. Si el mundo es un crisol para la consciencia, entonces nuestra tarea es abrazar el desafío y trabajar en nuestro propio despertar, contribuyendo así a la evolución colectiva.

Fanatismo y dogmatismo son los caminos espirituales que el ser humano toma para evitar confrontarse con la responsabilidad de pensar por si mismo y hacerse responsable de sus decisiones. Constituyen marcos conductuales que nos transforman en masa y anulan nuestra individualidad. Me gustaría ilustrar el absurdo de estas posiciones morales con una historia, al igual que hacían los sufies.

Entra un fanático a un bar para matar a todos los que están dentro por estar bebiendo alcohol. Un hombre está tranquilamente leyendo el periódico, otro juega a los dardos, una pareja charla en una mesa. El fanático va matando uno a uno a todos los presentes, que se encuentran paralizados, presos del miedo. Al ir a matar al último, un viejo barbudo, profundo conocedor de todas las normas religiosas, éste, con calma, le dice:

—Escucha atentamente, yo conozco la ley que se inscribió en la piedra y está escrito que arderás en el infierno por este crimen.

—Pues ya somos dos—, le responde el fanático mientras le mata, y acto seguido se inmola.

Una vieja cocinera que, viendo entrar al fanático, se había escondido en un armario observando todo a través de unas rejillas en la puerta, apavorada pensó —Tan sólo era uno, por qué no se juntaron todos y se defendieron.

El fanático cosifica a quien no actúa según sus costumbres, lo juzga y lo condena sumariamente, el dogmático vive en el sueño de que sus normas escritas se aplican universalmente y quien no las cumple será castigado, a su manera también lo cosifica estableciendo un juicio moral. La cocinera ajena a todas estas leyes morales, tan sólo observó la necesidad de defenderse de alguien que quería matarlos a todos.

La cosificación del prójimo, a mi modo de ver sólo es posible cuando la persona se ha cosificado previamente a sí misma. Los procesos de cosificación se entienden como una despersonalización del prójimo, pero en realidad suponen la manifestación de un individuo poseído por unas ideas. Esto es, las ideas manejan al individuo y no a la inversa. Hasta el punto en que una persona es capaz de sacrificarse a sí misma en aras de sus ideas, superando a su propio instinto de autoconservación.

La capacidad de sacrificio por las ideas que mucha gente valora como buena, es en realidad la misma que proyecta al fanático a su sacrificio personal, y la que nos lleva a establecer marcos de juicio moral que separan al ser humano en «buenos» y «malos». En todo caso, resulta evidente esta posesión del individuo por las ideas, por el relato, como si fuese un virus informático que se instala en el cerebro y toma el control del mismo.

Cuando adoptamos esta perspectiva de ser «poseídos» por el relato, observamos un mecanismo psicológico en el que nos identificamos con el mismo, hasta el punto de que nuestra identidad pasa a depender del relato. Con ello nos cosificamos a nosotros mismos, puesto que nos transformamos en «piezas de un ajedrez de las ideas», pasando a ser meras figuras, con mayor o menor importancia, de ese tablero, en una evolución darwiniana de las ideas en la que la guerra es el máximo exponente, su benchmark definitivo.

La historia puede verse como un continuo combate entre ideas estructuradas en relatos, que articulan los valores por los que se vertebran las civilizaciones y el modo en que éstas se organizan. Lo que antes era calificado como «malo» o detestable hoy puede ser «bueno» y deseable. La percepción en nuestros días de este relativismo moral nos resulta incomoda, porque sus efectos pueden erosionar cualquier ética e introducir un cierto caos social, pero dicha percepción es en si misma una buena noticia, ya que abre la posibilidad de que la conciencia de las personas evolucione y supere la alienación de ser engullida por los relatos dominantes.

En la edad media, el llamado «juicio de Dios» celebraba el combate a muerte entre los contrincantes o sus paladines, para discernir quien tenía la razón en una disputa o afrenta. Hay algo de metáfora de la Historia, aunque sea reduccionista, en este brutal comportamiento. Los líderes del mundo han impuesto casi siempre la fuerza en última instancia para resolver sus diferencias. Ni siquiera al advenimiento de la ciencia cambio esto. Antes bien, trajo mejores cañones y culminó con el descubrimiento de la bomba atómica. La era nuclear nos trajo la doctrina de la destrucción mutua asegurada, la definición de un mundo de guerra fría y los conflictos proxy como modo de «resolución de las diferencias». De nuevo, la guerra. Con la caída del muro de Berlín se habló del fin de la historia (Fukuyama), pero las diferencias seguían ahí presentes. En nuestros días, con el conflicto de Ucrania, y el riesgo de escalada y de una nueva guerra mundial, constatamos como la pax americana ni siquiera ha durado tanto como la pax romana en su tiempo.

En cualquier época, desde los albores de la civilización hasta nuestra era post-moderna, el factor común de todos los conflictos es la lucha por el poder. Los gobernantes del mundo se enzarzan en una lucha por ver quien impone su visión del mundo, su relato. Para ello se valen de las poblaciones y los recursos que controlan, causando verdaderas carnicerías. Nada extraño, teniendo en cuenta que el hombre, un animal situado en el vértice de la pirámide alimentaria, ha sido artífice, consciente o inconscientemente de todo tipo de matanzas, barbaries ambientales, y hasta ha llegado en multitud de ocasiones a exterminar a otrás especies en su totalidad.

El concepto de civilización, que viene de civitas (ciudad), es un concepto fascinante, puesto que quiere proyectar una imagen de superación de nuestra animalidad, cuando en realidad todavía estamos bastante lejos de conseguir esto. El hecho de vivir en grandes ciudades en vez de en una aldea con una tribu, no ha modificado nuestros instintos y necesidades animales, en todo caso las ha embridado. Ha conseguido reunir recursos, forjar un desarrollo tecnológico y nos ha encorsetado para ello en un conjunto de reglas (Derecho), asi como de estructuras burocráticas y políticas, para que no nos matemos entre nosotros, mientras una superestructura denominada Estado, controlada por una élite, nos explota a todos.

De las relaciones de ayuda mutua y el trueque de la tribu hemos «evolucionado», transformándonos en sujetos anónimos de una masa anónima, dentro de estados con mayor o menor importancia dentro de un juego geoestratégico de poder global. Este juego, una competencia entre las élites, nunca tiene fin por su propia naturaleza, y tiene su punto álgido en las guerras. Marx definiría los conflictos bélicos como el motor de la historia, y mostraría la lucha de clases como forma de poner fin a esta dinámica. Si la masa obrera emancipada obtiene el poder no hay sentido en el conflicto, puesto que se habría alcanzado un paraíso igualitario, el paraíso comunista.

Hay algo de cínico en el comunismo, que ofrece el paraíso (siempre futuro…) en la Tierra, como alternativa a la salvación cristiana sin ir más lejos (siempre después de la muerte…) en un cielo redentor del cristianismo, que nos libere de este valle de lágrimas. En todo caso, el comunismo al igual que el cristianismo y otros ismos, es un relato que rápidamente constituye líderes, jerarquías, y, por tanto, constituyen élites que nuevamente forjan… guerras.

En una aproximación al problema de la guerra, la eliminación de las élites ayudaría bastante, pero no eliminaría el problema de nuestra agresividad. El ser humano se ha matado entre sí siempre, incluso cuando todavía estábamos en los árboles. El concepto de macho alfa está ahí, forma parte de nuestra naturaleza.

Pero que sucede cuando la masa es menos masa y más una colección de individuos libres. Cuando el pueblo americano se arma para obtener su independencia y conseguido su objetivo, mantiene su derecho a armarse, no ya para defenderse de ningún enemigo externo, sino como protección contra los própios gobiernos, siempre en riesgo de transformase en tiranías. Esta es la visión de los padres fundadores americanos cuando escribieron la segunda enmienda de la constitución americana, el derecho del pueblo a portar armas.

Aceptando la necesidad de los representantes del pueblo, la historia muestra que siempre hay que desconfiar de los gobernantes. Desconfianza que ya había alumbrado en la revolución francesa la necesidad de la separación de poderes de Montesquieu. Los llamados padres fundadores de los Estados Unidos de América eran personas que tenían muy presente la defensa de la libertad del individuo frente al poder casi demiúrgico del estado. Es interesante destacar además que gran parte de las ideas de los denominados padres fundadores, era resultado de una espiritualidad articulada en torno a la Masonería, a la que en su mayoría pertenecían.

Pero el hecho de tener un pueblo armado y potencialmente agresivo, aunque reduce la posibilidad de implantar una tirania, está lejos de solucionar el problema de la violencia entre los seres humanos, antes bien, la aumenta, como podemos ver por las estadísticas de violencia en los EE.UU, el país con las instituciones democráticas más fuertes del planeta, pero con elevados indices de violencia. Este es el peaje, como ellos mismos dicen, por ser la tierra de la libertad y de los bravos.

Si los padres fundadores se tomaron tantas preocupaciones con la segunda enmienda, es porque estaban convencidos de que la protección de la libertad es la protección del individuo frente al estado y el mejor camino para el desarrollo de los pueblos. Todo esto es discutible, pero los hechos muestran que la historia de los EE.UU, con todos sus errores, aunque dista mucho de ser perfecta, es, sin embargo, la historia del avance de los derechos civiles.

Volviendo al tema de los representantes democráticos, históricamente, las democracias, con la ilustre excepción griega (la ekklesía con 43.000 miembros y un sistema de elección de magistrados por sorteo), por otro lado tambien imperfecta, pues no era ni mucho menos un sufragio universal, han recurrido siempre a un sistema de representación indirecta por votación en razón de la enorme dificultad de organizar asambleas masivas para cualquier decisión, pero sobre todo por el interés que suscita la representación, que permite la manipulación y el juego político, el teatro de operaciones del poder cuando no hay guerra.

Por tanto, y desde la revolución francesa, para moderar el juego político e intentar en la medida de lo posible evitar la aparicion de tiranias, los estados más avanzados constituyeron repúblicas con el modelo de separacion de los tres poderes: ejecutivo, legislativo y judical. Durante los primordios de la revolucion industrial surge además el llamado cuarto poder, la prensa, un softpower de la sociedad civil, esencialmente la burguesia, que ejercería de ojo observador y crítico de los movimientos del poder, sirviendo además como catalizador y lanzadera de carreras politicas. En el caso americano, reforzando todo lo anterior y como último recurso de defensa ante la tiranía, la rebelión civil, el hardpower amenazante de una sociedad armada hasta los dientes. Estos recursos han constituido hasta no hace tanto los mecanismos tradicionales de control de los modernos estados democraticos.

Pero los tiempos cambian, las armas en el caso americano solo sirven para aumentar los crimenes violentos y la sociedad esta fragmentada en individuos que cada vez se hablan menos entre sí. La prensa, quebrada por las redes sociales, es subsidiada por gobiernos corruptos para apuntalarlos y reforzarlos, comprometiendo su independencia y dejando su funcion principal de critica como algo totalmente sesgado al servicio de los intereses de turno. La prensa es de hecho un dinosaurio en fase de extinción, algo decadente, aunque todavia con cierto prestigio, y ha sido ya casi totalmente fagocitada por Internet. Pero lo más importante, la separacion de los tres poderes se ha debilitado en gran medida o ya está directamente comprometida en muchos estados democráticos. Todos estos problemas son conocidos, y vienen a resaltar la crisis actual en la que los sistemas democráticos están inmersos.

LLegamos con esto al tercer punto de este post. ¿Por qué la ausencia de libertad nos condena al fracaso? La libertad en cuanto que siempre será imperfecta siempre será testada y atacada. No sirve una libertad a medias, cargada de injusticias, aunque sea mucho mejor que una tirania, la libertad siempre será puesta a prueba por los fanáticos y por los dogmáticos.

Las democracias se han transformado en Estadocracias, un espacio para una elite extractiva que ejerce un tirania administrativa a traves de una burocracia que oprime a una población que se asemeja ya a una suerte de granja de vacas lecheras a las que ordeñar. La clave de todo está en la corrupcion de la representacion democratica, pues al estar todos sus mencanismos de control comprometidos, puede ejercer una suerte de opresion no sangrienta (por pura conveniencia) sobre la población de los estados bajo la apariencia de una legitimidad democratica, cuando en realidad el acto de votar se asemeja más al acto de comulgar de un creyente, que a un acto guiado por la razón. En el mejor de los casos, un acto de dar una patada hacia adelante de lo considerado un mal menor, frente al miedo de la sombra de una tiranía, de una dictadura. Un acto de fe vacía, frente al miedo de desatarse el lado oscuro de nosotros mismos.

Tenemos que asumir que la crisis de la representación democrática es el problema político fundamental de nuestros dias, y que la mejor forma de solucionarlo es que los ciudadanos asuman directamente su responsabilidad en la Rēs pūblica, en la cosa pública. Ya no hay excusas por las históricas limitaciones técnicas. La capacidad para desarrollar una democracia directa está a nuestro alcance a través de tecnologias como blockchain y la inteligencia artificial.

Morir o matar por las veleidades de un gobierno de turno es totalmente absurdo, pero si fuese necesario llegado el caso, que sea por el acuerdo real de una mayoría de ciudadanos libres que legitime realmente tal decision vital. La defensa de la libertad exije en nuestros dias asumir directamente la responsabilidad política. Las democracias venideras seran directas, la expresión política de la libertad de los individuos, o no serán, pues como farsantes caerán bajo el yugo de los totalitarismos. Sin libertad no hay democracia, sin libertad emerge el totalitarismo, y el totalitarismo es el fracaso colectivo de una sociedad.

Si la asamblea somos todos, la lucha de clases desaparece, la masa desaparece, y emerge una sociedad de individuos libres y responsables de su destino, que elevará la categoría del estado de derecho a su más noble expresión.



Deja un comentario